Juan y Margarita
Horror en Simoca
El aire olía a tierra seca y mierda de vaca. En un campo perdido cerca de Simoca, Tucumán, dos chicos flacos y sucios tropezaban con raíces retorcidas y ramas que parecían estirarse para arañarles la piel. Juan, el mayor, de unos diez años, tenía los ojos hundidos y rojos, como si hubiera llorado hasta secarse por dentro. Margarita, un año menor, arrastraba una pierna raspada. Tenía el pelo pegado a la cara por la transpiración y la mugre. El cielo estaba negro y sin luna.
Habían pasado unas horas desde que el padre, con la cara demacrada y las manos temblorosas, los había dejado tirados.
—No tenemos comida, no tenemos un mango —había gruñido, apestando a Termidor, mientras su mujer, la madrastra de los chicos, miraba desde la puerta de la pequeña pieza de adobe. La pobreza no era solo el hambre: era un cuchillo que te cortaba las tripas y te dejaba vivo para seguir sufriendo. Estaban en el culo del mundo y cada crujido, cada sombra entre los arbustos, era un mensaje: algo los estaba esperando, algo con hambre.
—Estoy muerta de hambre —gimió Margarita con la voz finita y rasposa. El hermano no dijo nada, solo apretó los puños y siguió buscando una salida en esa noche cerrada, sin huellas ni camino. El hambre les retorcía el estómago con rugidos rabiosos. Entonces, entre el calor pegajoso y el olor a pasto húmedo, sintieron un dulzor espeso, irresistible.
La casa parecía sacada del sueño de un loco.
Los ladrillos eran Vauquitas blandas. La miel de caña chorreaba por las ventanas, y del techo, hecho de alfajores aplastados, goteaba chocolate espeso bajo la luz de una lámpara a kerosene. En un rincón temblaba un flan, rodeado de vainillas pegoteadas, y el olor a azúcar quemada se les pegaba a la cara. Margarita corrió y arrancó un pedazo de marco y un churro relleno, y se los metió a la boca. Se metió en la boca todo lo que pudo.
—¡Es real, Juanito, es real! —gritó con la cara embadurnada de dulce de leche.
La puerta se abrió lento, con un chirrido largo, y ahí estaba la vieja. Una figura chueca envuelta en harapos sucios con el pelo gris y grasiento que le caía sobre la cara como telarañas. Los ojos le brillaban desde el fondo de la cara. Demasiado vivos para ese cuerpo podrido. Sonrió y mostró unos dientes torcidos, pegados a unas encías negras.
—Pobrecitos, mis changuitos —ronroneó con la voz melosa. Ahí todo era meloso—. Pasen, coman, que acá hay de sobra.
Adentro, el aire era espeso. Empalagoso, pero con un dejo a... ¿Acaso era carne podrida?
La mesa estaba puesta y toda pegajosa de almíbar y chocolate. La vieja los miraba atragantarse mientras se frotaba las manos huesudas y grises. En las uñas negras se veían unas manchas de un líquido meloso y espeso que no parecía dulce.
—¿No son preciosos? —susurró, más para ella que para ellos, lamiéndose los labios agrietados. Juan sintió un escalofrío, pero el hambre lo dominaba, y siguió atragantándose de alfajor.
Entonces vio una jaula grande y oxidada en una esquina, y marcas como de arañazos en la base. La vieja se acercó, cojeando, y le puso una mano en el hombro apretando muy fuerte.
—Vo’ va’ a engordar lindo, mi rey —dijo clavándole las uñas como garras. Margarita levantó la vista, con la boca llena de flan, pero no dijo nada. El aire se puso pesado. El dulce empezó a tener gusto a podrido. Juan dejó de masticar.
Cuando Juan abrió los ojos estaba solo en la jaula, el hierro le cortaba la piel cada vez que se movía. Margarita estaba afuera, atada sobre la mesada con sogas mugrientas y los ojos vidriosos de miedo. La vieja ahora estaba desnuda. Reía mientras la piel gris le colgaba en pliegues arrugados. Estaba cubierta de llagas que chorreaban pus y cicatrices como si algo la hubiera masticado y escupido. Sus manos temblaban de emoción mientras afilaba un hacha de cocina oxidada. Tarareaba una baguala rota, desafinada, casi sin voz.
—Los changuitos son lo mejor —gruñó con un ladrido podrido—. La carne tierna, los huesitos que crujen como ramitas… mmm… nada se desperdicia.
Se inclinó sobre Margarita, oliéndola como un perro hambriento. Ella podía sentir el olor a podrido que salía de la boca de la vieja, que con un tirón seco le arrancó un mechón. Gritó, pero la vieja solo se reía con esa risa húmeda y enferma que llenaba la cocina.
—Primero vó, mijita. A él lo vuacé a juego lento… lo vuá hacer a la parrilla.
Juan golpeó los barrotes hasta lastimarse los nudillos, pero la jaula no cedía. Vio cómo la vieja levantaba a Margarita por el cuello. Vio las uñas clavándose hasta hacerla sangrar. Vio cómo la vieja llevó a su hermanita a una mesa de madera, al lado de un fuego donde una olla gigante burbujeaba con un caldo espeso y marrón, que parecía un locro demoníaco.
—No se preocupe, mijito —dijo, girándose con los ojos fuera de órbita—, a usté lo guardo pa depué.
Margarita se retorcía sobre la mesa como un gusano, atada con las sogas mugrientas, mientras la voz se le apagaba en un ronquido gastado de tanto gritar.
—¡Juanito, hacé algo! ¡Por favor!
El hacha bajó rápido. Un destello sucio que hizo un corte limpio. El grito de Margarita se cortó de golpe. La vieja trabajó con una precisión enferma, silbando mientras la sangre salpicaba su cuerpo desnudo y el piso de tierra de aquella casa. El vapor del locro se tiñó de rojo. Juan lloraba y gritaba, pero no podía dejar de mirar. La cabeza de su hermana rodó hacia un rincón con los ojos abiertos y vacíos, mientras la vieja se metía pedazos de carne y hueso dentro de la boca. Masticaba con un placer grotesco, los dientes podridos chorreaban baba y sangre.
Cuando terminó con Margarita lo miró a él. Se relamía la sangre de las manos y los brazos para no perderse ni una gota de su hermana.
—Ya está' listo, mi rey —susurró, abriendo la jaula. Juan peleó lo que pudo, pero no tenía fuerzas.
El campo tucumano se tragó sus gritos, y la casa se quedó en silencio, esperando a la próxima alma hambrienta que tropezara en su puerta.
La vieja eructó, satisfecha, y empezó a tararear de nuevo, y el olorcito a asado se mezclaba con el aire fresco de la noche tucumana.
A unos kilómetros, en la pieza de adobe, el padre de Juan y Margarita encendió un cigarro. Su mujer, la madrastra, contó los billetes que un encapuchado les había dejado envueltos en una bolsa negra. El pago por dos changuitos que ya no pedirían comida.
—Algo es algo —gruñó él, exhalando humo, mientras ella guardaba el dinero debajo de una tabla suelta del piso.
Después no se escuchó nada más. Solo la vieja, tarareando bajito.
Fin


