¿Por qué La chica de al lado, de Jack Ketchum, resulta tan difícil de abandonar?
Una novela que no necesita giros inesperados: alcanza con mostrarnos hacia dónde va e invitarnos a seguir mirando.
Empiezo con una confesión que no tengo demasiadas ganas de hacer: terminé La chica de al lado llorando y preguntándome qué clase de persona soy por haber seguido leyendo cuando sabía, capítulo a capítulo, adónde iba la historia.
Tengo una hija de quince años. La misma edad que Meg, la protagonista. Y un hijo de doce. La misma edad que David, el narrador.
Cuando abrí el libro no sabía que eso iba a importar tanto. Ahora lo sé.
En estos tiempos, la atención humana es el recurso más escaso del planeta. Cada notificación está diseñada por equipos de ingenieros con doctorados en neurociencia conductual para robarte justo lo mínimo que necesita un libro para existir: los próximos dos minutos de tu vida.
Los escritores perdemos esa batalla casi todos los días. Lo sabemos y escribimos igual, porque somos masoquistas o porque no nos sale otra cosa.
Pero el problema sigue ahí, enorme y sin solución elegante:
¿Cómo hacés para que alguien elija tu libro, tu historia, en lugar de cualquier otra cosa que compite por su atención cada segundo?
Jack Ketchum encontró una respuesta incómoda y de ética resbaladiza, que te deja la cabeza llena de preguntas. Pero funciona como la puta madre —con perdón del latín—.
La chica de al lado no te atrapa por las razones que uno mencionaría en una cena de excompañeros de universidad: giros ingeniosos, personajes entrañables o una prosa lírica que te deje subrayando cada frase con un resaltador fucsia. No, no, no…
En este libro, Ketchum escribe con control. Sus oraciones son cortas. Sus metáforas, escasas hasta la austeridad. El estilo está al servicio de la historia, y esa negativa a embellecer lo que narra es, en sí misma, una decisión deliberada. Quizá moral, porque Ketchum sabía lo que estaba haciendo. Esa contención también es oficio. Un escritor que se niega a subrayar necesita que cada elemento que pone en escena trabaje solo.
Chéjov dijo —o le atribuimos que dijo, que para el caso es lo mismo— que si en el primer acto aparece un arma sobre la chimenea, en el tercero tiene que dispararse. Es uno de esos principios que suena tan obvio que parece inútil hasta que te das cuenta de cuántos escritores lo ignoran cada día.
Pero hay algo que Chéjov no dijo, o que se pasa por alto: los escritores casi nunca escribimos primero la escena del arma. Pensamos antes en el disparo. Una sola escena suele ser la razón por la que existe la historia, y después volvemos al principio a plantar el arma donde nadie la vea venir.
En La chica de al lado, el arma es «el Juego». Aparece en el capítulo cuatro, escondida bajo esa crueldad despreocupada que pueden tener los chicos antes de entender el daño que hacen. Un grupo de niños del barrio juega a algo que llaman Comando, «que pronto fue solo el Juego», en un huerto de manzanas silvestres. Las reglas son simples: capturan a uno, lo atan a un árbol y pueden hacerle lo que quieran mientras el resto mira. Denise —la hermana del chico más peligroso del barrio— termina atada al árbol, llorando y riéndose al mismo tiempo, sin entender muy bien si lo que siente es miedo o algo más.
«El comando capturado terminaba atado a un árbol en el bosquecillo, con los brazos sujetos detrás de la espalda y las piernas amarradas juntas. Era amordazado y se le vendaban los ojos.»
David, el narrador, lo ve. Y a vos, en ese momento, si estás leyendo con la atención que el libro se merece, algo te queda picando en la cabeza. No sabés todavía lo que significa, pero lo registrás.
Eso es el arma sobre la chimenea: el Juego.
Lo que viene después es paciencia. Ketchum cuenta la historia con la calma de alguien que sabe adónde va y confía en que el lector lo va a seguir. Aunque debo confesar —por segunda vez— que al principio a mí me costó un poco engancharme. Quizá porque ese barrio típicamente estadounidense no se parecía demasiado al barrio de mi infancia. Pero es solo un detalle menor.
En la novela hay varias historias paralelas. Está la historia de David, el chico de doce años que narra todo desde la distancia segura de la adultez —ya sabemos desde la primera página que sobrevive, que tiene cuarenta y un años y gana bien en Wall Street y está por casarse por tercera vez y que nada en su vida ha estado del todo bien desde ese verano de 1958—. Después están Meg y Susan, las dos huérfanas que llegan a vivir en la casa de al lado después del accidente de auto que mató a sus padres. Y después está Ruth, que merece un párrafo aparte.
Ruth es el verdadero monstruo de este libro. Y lo que la hace aterradora —lo que la hace literariamente insoportable— es que no tiene nada de sobrenatural. Ruth es una mujer común y corriente, destrozada por dentro, que convierte su propio dolor en permiso. Se lo da a sus hijos y a cualquiera de sus invitados. Les enseña, de a poco y sin que nadie lo diga con todas las letras, que ciertas reglas no rigen dentro de esa casa.
El Juego, que empezó como una travesura, termina dándoles permiso para hacer con Meg lo que quieran.
No voy a describir lo que pasa en el capítulo veintiocho. Si llegaste hasta ahí, ya lo sabés y no necesitás que nadie te lo cuente. Si no llegaste, no quiero robarte esa experiencia. Si es que «experiencia» es siquiera la palabra correcta.
Lo que sí puedo decir es esto: cuando llegás a ese capítulo, todo lo anterior cobra, de golpe, otro sentido.
Y lo que queda en el aire es la culpa de los personajes, pero también la tuya como lector, por haber seguido leyendo cuando ya sabías adónde iba todo.
Eso es lo que diferencia a Ketchum de un escritor que usa el horror solo para sacudir al público. Ketchum te hace cómplice. Te sienta del mismo lado que David. Y en ese gesto —en esa negativa a dejarte mirar desde afuera— reside todo su poder.
En un catálogo de crímenes, Ketchum encontró la historia real en la que se basa la novela. Una fotografía de la mujer que inspiró a Ruth lo persiguió durante años. Él mismo cuenta que esperó hasta que tuvo las herramientas para hacerle justicia a esa historia sin faltarle el respeto a las víctimas.
Eligió narrar en primera persona porque quería que David cargara con la culpa y que el lector temiera por Meg y por Susan.
A veces me pregunto qué hace que un libro capture de verdad la atención del lector.
¿Qué hace que alguien elija seguir leyendo cuando ya sabe que lo que viene no lo va a dejar bien?
La chica de al lado me dio una respuesta posible, aunque incómoda: a veces las historias nos capturan por las razones más antiguas y primitivas, y nos invitan a mirar desde adentro: un lugar donde se nos permite sentir cosas que preferiríamos no sentir. Y en ese proceso —en ese sufrimiento controlado y voluntario que es leer una gran novela— nos muestran de qué seríamos capaces si nadie mirara. O peor: si todos miraran y nadie dijera nada.
El libro de Ketchum me hizo llorar. Me hizo pensar en mi hija y en mi hijo durante días. Me dejó con preguntas que no tienen respuesta.
Lo cerré con los ojos húmedos y la sensación de haber sido testigo de algo que no debería existir y que sin embargo existió en la vida real, en un sótano de Estados Unidos.
Libro: La chica de al lado, Jack Ketchum (1989). Traducción al español de María Pérez de San Román.


