Prólogo
Jorge tenía veinte años.
La corriente lo tiró al tercer paso. Metió el pie entre dos piedras que no podía ver porque aquella noche no había luna. El agua le pegó en las rodillas antes de que pudiera hacer nada. Cayó de costado. El fusil se le fue de las manos.
El que lo sacó fue Hermes Peña. El que lo sacó fue el capitán Hermes Peña Torres. Venía adelante de todos y volvió por él.
Lo paró de golpe en medio de la corriente y le dio ánimos con palabras que el ruido del agua se tragó. Le puso el fusil de vuelta en las manos. Jorge lo agarró y casi se le vuelve a caer.
Eran diez. Cruzaban el Bermejo desde Bolivia hacia la Argentina con el agua entre la cintura y el pecho, en fila, sosteniendo las armas sobre la cabeza con los dos brazos para no mojarlas.
El capitán Hermes Peña Torres iba primero. Así había sido siempre, en el río Escambray y en el desierto argelino.
Detrás de Hermes venía el Comandante Segundo Ricardo Maseti. Los demás seguían sus pasos.
El frío les apretaba el pecho como un puño que se cierra de a poco. Algunos rezaba algo entre dientes que podía ser una oración o una puteada.
El Capián Hermes fue el primero en pisar la orilla argentina. Esperó parado en el barro mientras llegaban los demás. El Comandante Segundo clavó las botas en el barro y se paró a su lado. Tomaba aire a bocanadas y le temblaban las piernas.
Los otros fueron llegando de a uno. Cada cuerpo que salía del agua chorreaba y temblaba y se paraba en el barro de la orilla, respirando como un perro.
El último en salir fue Jorge, el joven que se había caído. Tenía los labios morados.
Tardaron once minutos pero los once minutos duraron una hora.
El Comandante Segundo los reunió entre los árboles. Dijo las palabras. Ellos las repitieron. En la oscuridad, las voces sonaron más jóvenes de lo que eran.
Revolución o muerte.
Después comenzaron a machetear la selva. La selva los recibió como recibe todo: con la paciencia de quién sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
Era el 21 de junio de 1963.


